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Bodega Perro Guardián convierte el vino en una experiencia de territorio, familia y sentidos en Tinogasta

Foto del escritor: NINO ESPINOSA DORADO
NINO ESPINOSA DORADO
hace 3 días
5 min de lectura

En San José de Tinogasta, Catamarca, una familia que llegó atraída por los cactus construyó un proyecto vitivinícola donde el viñedo, la gastronomía, la memoria familiar y la conversación acompañan una forma cercana de entender el enoturismo. La OMPT recorrió sus espacios desde una mirada de turismo sensorial.

La noche cae sobre San José de Tinogasta y el recorrido comienza afuera, entre senderos, vegetación, luces cálidas y un fogón que reúne al grupo antes de acercarse al viñedo y terminar dentro de la bodega. No hay una cata aislada de su contexto: en Bodega Perro Guardián cada copa llega acompañada de una historia, de una explicación sobre la tierra y, sobre todo, de la voz de la familia que sostiene el proyecto.

La bodega está ubicada en San José, departamento Tinogasta, y forma parte de la oferta enoturística oficial de Catamarca. Fue además la primera bodega registrada formalmente como “Bodega Turística” en la provincia. El registro contempla visitas a viñedos y bodega, degustaciones, experiencias de cosecha y poda, actividades gastronómicas y propuestas sensoriales.

Pero entender Perro Guardián exige regresar al principio.

Una familia que llegó siguiendo cactus

Raúl y su familia son oriundos de la región central de Argentina. Durante la visita contaron que sus primeros viajes hacia Catamarca, a comienzos de la década de 2000, estuvieron vinculados con una gran colección de cactus y con recorridos organizados para aficionados británicos interesados en observar estas especies en su hábitat.

El vino apareció después, aunque su historia familiar ya estaba ligada a él. Raúl recordó a sus abuelos almacenando vino en barricas y llevándolo diariamente a la mesa. Aquella cultura doméstica de raíces inmigrantes permaneció hasta encontrar un nuevo territorio donde desarrollarse.

En 2005 la familia compró una primera finca en El Puesto. Luego llegaron nuevas plantaciones, ensayos de elaboración y, finalmente, la decisión de radicarse en Tinogasta. En 2014 comenzaron a producir sus vinos bajo la marca Kamak.

Lara Fidelio, hija de Raúl y enóloga de la bodega, se formó en Tinogasta. Su madre, Lidia, participa en la propuesta gastronómica y en la ambientación artística de los espacios.

Esa condición familiar se siente puertas adentro. Algunos muebles pertenecieron a la abuela; una mesa que hoy recibe visitantes fue parte de la infancia de Lara; espejos, objetos, cuadros y recuerdos no funcionan como escenografía comprada para el turismo, sino como fragmentos de una casa trasladados a la experiencia.

“La idea es que sea bien hogareño, que tenga historia, que sea cálido”, explicó Lara.


Tres estaciones para beber también con los sentidos

La propuesta recorrida por la OMPT estuvo organizada en estaciones. Primero, el exterior y el viñedo; después, la degustación; finalmente, la bodega y sus procesos.

El Torrontés abrió uno de los momentos sensoriales. Antes de beberlo, los anfitriones invitaron a acercar la nariz a la copa y buscar jazmín, azahar y recuerdos frutales. Aquí aparece una precisión importante: esos aromas no significan que al vino se le agreguen flores o frutas. Son expresiones propias de la variedad, del terruño y de los procesos de elaboración y crianza.

El Instituto Nacional de Vitivinicultura reconoce al Torrontés Riojano como la variedad blanca emblemática de Argentina y señala que es especialmente apto para producir vinos aromáticos. Los análisis genéticos indican que proviene del cruce entre Moscatel de Alejandría y Criolla Chica.

Después llegó la Bonarda, presentada por la familia como uno de sus vinos centrales. El INV señala que la Bonarda es actualmente la segunda variedad tinta con mayor superficie plantada en Argentina después del Malbec y que se adapta especialmente bien a ambientes cálidos y secos.

Entre copa y copa aparecieron grissines caseros para limpiar el paladar y una lección sencilla que cualquier viajero puede llevarse consigo: tomar la copa por el tallo para no modificar rápidamente la temperatura del vino, acercar bien la nariz y dejar que el líquido recorra la boca.

No se trataba de convertir al visitante en experto, sino de enseñarle a prestar atención.

Escuchar un vino que todavía está vivo

Uno de los momentos más singulares ocurrió dentro de la bodega.

Lara explicó la fermentación maloláctica y abrió una barrica para que el grupo pudiera acercarse. Entonces pidió silencio.

La conversación se detuvo.

Desde el interior llegó un burbujeo tenue.

La experiencia permitió escuchar literalmente un proceso del vino. Lara explicó que trabaja con una filosofía de baja intervención y busca que la elaboración permita expresar el lugar de origen de la uva. Ese instante, oreja cerca de la barrica, aroma alrededor de la madera y silencio colectivo resume buena parte de lo que la OMPT entiende como turismo sensorial: comprender un territorio no solamente mirando, sino también escuchando, oliendo, tocando y probando.


Un enoturismo que busca ser accesible y responsable

La familia explicó que adaptó senderos para facilitar el acceso de personas con movilidad reducida hasta sectores próximos al viñedo. También trabaja con grupos pequeños y reserva previa, una modalidad que permite personalizar las visitas.

La oferta incluye degustaciones, gastronomía regional con recetas familiares, productos de huerta, experiencias de picnic, propuestas nocturnas y participación estacional en actividades de la bodega.

El establecimiento se inserta, además, en un territorio de fuerte valor cultural. Tinogasta es atravesada por la Ruta del Adobe, un corredor de aproximadamente 55 kilómetros entre Tinogasta y Fiambalá que conecta iglesias, capillas, casonas y construcciones históricas levantadas principalmente con tierra, paja y madera.

Aquí el vino no está separado de ese paisaje: comparte territorio con el adobe, los algarrobos, la aridez, las leyendas y la memoria de pequeñas comunidades.


Perros, leyendas y una identidad propia

El nombre Perro Guardián también nació de la vida familiar. Cuando llegaron a San José lo hicieron acompañados por numerosos perros. En un pueblo pequeño, sus movimientos comenzaron a generar historias y exageraciones entre vecinos.

La familia transformó aquellas anécdotas en su propia leyenda: un perro que protege cosechas, vigila los riegos y cambia de forma según las necesidades del momento. Hoy, dicen, los perros continúan siendo parte de la vida cotidiana de la bodega.

Hay incluso historias inesperadas que terminan dentro de una botella. Lara contó que un caballo rescatado comió parte de la uva destinada a distintos lotes. La pérdida obligó a replantear la elaboración y terminó dando origen a un blend que ahora tendrá continuidad.

Es justamente allí donde Perro Guardián encuentra una de sus mayores fortalezas turísticas: lo que ocurre en el campo no se oculta detrás del producto terminado; se convierte en relato, identidad y aprendizaje.

Desde la mirada de turismo sensorial de la OMPT, recorrer esta bodega permite comprender que el enoturismo puede ir mucho más allá de degustar vino. Puede ser escuchar una fermentación, tocar una vid, reconocer una flor dentro de una copa, sentarse junto al fogón, caminar bajo un cielo oscuro y escuchar a una familia explicar por qué decidió quedarse.

En Tinogasta, esa suma de vino, territorio y memoria transforma la visita en algo difícil de embotellar: una experiencia que continúa después del último sorbo.


Nino Espinosa Dorado

Autor de turismo sensorial en Explora y Conecta

Viajes, cultura y conexión interior

 
 
 

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