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En Ukumarí, el asombro no necesita traducción

ninoexplorayconecta
hace 7 días
3 min de lectura


El asombro tiene una expresión reconocible en cualquier idioma, y el 23 de agosto de 2026 esa expresión estuvo en la cara de una niña de tres años que miraba por primera vez a un animal africano desde unos pocos metros de distancia. Su familia había llegado esa mañana al Bioparque Ukumarí, ubicado en el kilómetro 14 de la vía Pereira–Cerritos, en Risaralda, Colombia, con un propósito claro: hacerle vivir a ella esa experiencia. Lo que no anticiparon del todo fue que el lugar también los sorprendería a ellos.


La visita comenzó con la llegada al complejo, donde el paisaje ya anuncia algo distinto. El aire cambia antes de entrar. Se vuelve más húmedo, más denso, cargado con el olor de tierra verde que caracteriza los ecosistemas de la cordillera andina. Los sonidos de la ciudad quedan atrás y en su lugar aparecen voces de aves que no tienen equivalente en los parques urbanos. La piel lo percibe: hay una temperatura diferente, una textura distinta en el entorno.

Ukumarí no opera bajo la lógica del zoológico tradicional. Se define a sí mismo como un santuario de conservación, rescate y educación ambiental, y ese enfoque se nota en la forma en que está diseñado. Los recorridos no están dispuestos como jaulas en fila. Se estructuran en tres bioregiones: Sabana Africana, Cordillera de los Andes y Bosque Tropical, cada una con su propia atmósfera, su propia paleta de colores y sus propios estímulos. Pasar de una a otra es algo que el cuerpo registra antes de que la mente lo procese.

En la Sabana Africana, el calor seco contrasta con la sombra de las ikukwanes, las chozas tradicionales de la cultura zulú que marcan la entrada del recorrido. El horizonte se abre y aparecen las siluetas que nadie espera encontrar tan cerca: elefantes, jirafas, cebras, un rinoceronte blanco que se mueve con una lentitud que parece deliberada. La familia se detiene. La niña no habla. Observa con una concentración que los adultos raramente logran sostener. Hay algo en ese silencio que resulta más expresivo que cualquier reacción ruidosa.

La Cordillera de los Andes trae otro registro sensorial. La vegetación se hace más densa, el verde más oscuro, el sonido más cercano. Los tucanes, las guacamayas y los loros pueblan las ramas con una intensidad cromática que no parece real hasta que se tiene enfrente. En este tramo también habitan el oso de anteojos —especie emblemática de los Andes colombianos—, el puma, el ocelote y la danta amazónica, entre decenas de especies más. El olfato recibe impulsos que van del húmedo aroma floral al rastro animal que marca el territorio. Nada de eso es desagradable. Todo es vivo.

El Bosque Tropical cierra el recorrido con una densidad que envuelve. La luz llega filtrada y cambia la percepción del espacio. Aquí el oído trabaja sin descanso: capas de sonido se superponen y resulta casi imposible aislar una fuente de otra. Para la niña, que lleva ya un par de horas caminando, el cansancio no parece haber llegado. Hay demasiadas cosas que mirar.

El Bioparque Ukumarí ocupa más de 44 hectáreas y alberga más de 500 animales de más de 90 especies, según los datos registrados por la institución en 2025. Inició operaciones el 30 de septiembre de 2015 como parte de la reconversión del antiguo Zoológico Matecaña, con un enfoque centrado en el bienestar animal y la apropiación social de la ciencia, reconocida esta última por Minciencias Colombia. El ingreso funciona mediante pasaportes que deben adquirirse con anticipación en ukumari.org. Los menores de dos años entran sin costo y las personas en condición de discapacidad pueden acceder con el 50% de descuento presentando certificación médica. El horario de ingreso va de las 9:00 a.m. a las 2:30 p.m., con permanencia permitida hasta las 4:30 p.m.

La familia que visitó Ukumarí ese domingo de agosto salió con algo que es difícil de nombrar con exactitud pero que se reconoce de inmediato: esa sensación de haber estado en un lugar donde el tiempo transcurre de manera diferente. No más lento ni más rápido, sino con una textura distinta. La niña, que al inicio del día no sabía pronunciar bien la palabra 'rinoceronte', regresó a Pereira repitiéndola con una precisión que hizo reír a todos. A veces la naturaleza enseña sin avisar que lo está haciendo.

Ukumarí está a catorce kilómetros del centro de Pereira, en Risaralda. Para quienes visitan el Eje Cafetero colombiano, una región reconocida por su paisaje cultural y su biodiversidad, el Bioparque representa una parada que amplía la comprensión del territorio y deja una marca sensorial duradera. La entrada está señalizada desde la Estación de Servicio Santa Bárbara, sobre la vía hacia Cerritos.

Hay lugares que convocan antes de que uno sepa bien por qué. Ukumarí es uno de ellos.



Nino Espinosa Dorado

Autor de turismo sensorial en Explora y Conecta Viajes, cultura y conexión interior


 
 
 

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