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Ruta de los Seismiles: Catamarca asciende entre volcanes, nieve y silencio hasta el Paso de San Francisco

Foto del escritor: NINO ESPINOSA DORADO
NINO ESPINOSA DORADO
hace 3 días
5 min de lectura

Desde Tinogasta, una caravana de cinco vehículos recorrió este 18 de septiembre la Ruta Nacional 60 rumbo al Paso de San Francisco, atravesando quebradas multicolores, refugios de alta montaña, vicuñas y paisajes volcánicos que convierten al oeste catamarqueño en una experiencia de turismo sensorial con proyección internacional.

Salimos desde Tinogasta, Catamarca, cuando la mañana todavía permitía mirar las montañas con una luz limpia y profunda. Cinco vehículos avanzaron en caravana, identificados como las vicuñas de la empresa Catamarca Aventura viajes y turismo. Desde allí comenzó un ascenso que no se mide solamente en kilómetros o metros sobre el nivel del mar: también se percibe en el aire, en la temperatura, en los colores de la tierra y en la forma en que el silencio comienza a ocuparlo todo.

Para la OMPT, que acompaña y comunica los destinos desde una mirada periodística, territorial y de turismo sensorial, la Ruta de los Seismiles representa uno de esos lugares capaces de explicar un territorio a través de los sentidos. Aquí, mirar es apenas el comienzo.

La Ruta Nacional 60 conecta este sector del oeste de Catamarca con el Paso Internacional de San Francisco, en la frontera con Chile. El tramo escénico entre Fiambalá y el paso se extiende alrededor de 198 kilómetros y permite acercarse a un conjunto de cumbres que superan los 6.000 metros de altura. Entre ellas se encuentran nombres mayores de la cordillera como el Nevado Ojos del Salado y el Pissis. Esa concentración de gigantes andinos da origen al nombre de Ruta de los Seismiles.

Pero antes de llegar a esos nombres que aparecen en mapas y guías de montaña, la ruta habla por sí sola.

En la Quebrada de Las Angosturas, las paredes de roca cambian de rojo a ocre, de gris a tonalidades verdosas. La carretera se abre paso entre formaciones estrechas y luego vuelve a estirarse hacia horizontes amplios. No hay una sola montaña igual a otra. Los minerales parecen haber pintado cada ladera con una composición diferente.

El automóvil avanza y el paisaje se transforma otra vez.

La vegetación disminuye. Aparecen superficies oscuras, casi negras, formas redondeadas de apariencia volcánica y extensiones donde el viento parece tener más espacio que cualquier otra presencia. El cielo se vuelve enorme. A esa altura, el azul adquiere una intensidad particular y las nubes proyectan sombras que se desplazan lentamente sobre kilómetros de montaña.

En determinados sectores aparecen los primeros rastros de nieve.

Entonces cambia también la percepción del frío. Al bajar del vehículo, el aire golpea el rostro con mayor fuerza. Respirar exige hacerlo con calma. Cada parada se convierte naturalmente en una pausa de adaptación: caminar más despacio, observar, escuchar al cuerpo y continuar.

Durante la jornada, los guías recordaron precisamente la importancia de realizar el ascenso progresivamente y evitar movimientos bruscos cuando aumenta la altura. El destino final de este corredor se encuentra en un ambiente extremo: el límite internacional del Paso de San Francisco alcanza los 4.726 metros sobre el nivel del mar.



Gallina Muerta: un refugio en medio de la inmensidad

Una de las paradas permitió conocer el Refugio N.º 1 Gallina Muerta.

Su presencia adquiere sentido cuando se observa alrededor: kilómetros de territorio abierto, clima cambiante y una montaña capaz de pasar del sol a condiciones adversas en poco tiempo.

Según la información recibida durante el recorrido, estos espacios fueron concebidos fundamentalmente como refugios temporales ante contingencias y no como alojamientos convencionales. Allí, un viajero sorprendido por nieve, viento o una emergencia puede encontrar protección mientras mejoran las condiciones.

El refugio cuenta además con panel solar y señalización de conectividad. En medio de un paisaje donde casi no existen construcciones, esa pequeña estructura adquiere una dimensión diferente: no interrumpe la montaña, sino que recuerda la vulnerabilidad de quien la atraviesa.

Cuando las vicuñas aparecen.

Durante buena parte de la jornada hablamos de ellas antes de encontrarlas.

La vicuña forma parte de la identidad de estos paisajes andinos. En un primer momento aparecieron burros sobre la misma carretera: una madre y su cría detenidas frente a los vehículos obligaron a frenar y esperar.

Más adelante llegó otra escena.

Varias vicuñas estaban distribuidas sobre una planicie abierta. Detrás de ellas, las laderas conservaban franjas de nieve. No hubo necesidad de acercarse. La experiencia estaba precisamente en la distancia: observar cómo los animales permanecían integrados a un territorio que parece vacío hasta que se aprende a mirarlo.

El silencio en ese punto era parte de la escena. No un silencio absoluto, sino uno hecho de viento, pasos sobre grava y conversaciones que espontáneamente bajaban de volumen.


Frente a los volcanes

La nieve comenzó después a ocupar una porción mayor de las montañas.

La carretera negra y sus líneas amarillas avanzaban hacia enormes cuerpos volcánicos parcialmente cubiertos de blanco. Por momentos, las nubes descendían hasta ocultar las cumbres. Luego el viento abría un claro y aparecían otra vez.


Es difícil transmitir la proporción.

Los vehículos parecen pequeños. Las personas todavía más.

Una fotografía junto a la montaña puede mostrar el paisaje, pero estar allí incorpora otras dimensiones: la sequedad en los labios, el frío en las manos, la intensidad solar sobre el rostro, el sonido del viento contra la chaqueta, la respiración más pausada.

Ese conjunto explica por qué este corredor puede atraer a viajeros de diferentes lugares del mundo.

Argentina reconoce oficialmente a este sector como uno de los grandes escenarios andinos del país. La RN 60 atraviesa una región con cerca de veinte cumbres por encima de los 6.000 metros y recibe a montañistas, viajeros de naturaleza y aficionados a las travesías de altura.


El Centro de Frontera San Francisco

La caravana llegó posteriormente al Centro de Frontera San Francisco.

La cartelería confirma la presencia de Migraciones, Aduana, Gendarmería Nacional, SENASA y CNRT, organismos vinculados con los controles de este corredor internacional.

Desde este sector, las señales vuelven a poner las distancias en perspectiva: Tinogasta, 245 kilómetros; Fiambalá, 198; Cortaderas, 103.

Y en otra dirección aparece Chile.


Paso de San Francisco. Copiapó. Chañaral.

De pronto la ruta deja de sentirse únicamente como un recorrido turístico y revela también su condición de corredor entre territorios. El Paso de San Francisco comunica Catamarca con la Región de Atacama, en Chile, y forma parte de una conexión internacional de valor turístico y logístico.

En el área fronteriza existe además infraestructura sanitaria destinada a atender emergencias de viajeros y personal que trabaja en condiciones de alta montaña, con equipamiento y ambulancia para traslados.


Un destino para mirar despacio

La Ruta de los Seismiles no necesita artificios.

Su principal recurso está allí desde mucho antes de que existiera la carretera: roca, volcanes, fauna, nieve, viento, amplitud y silencio.

Por eso, desde la mirada de turismo sensorial de la OMPT, este territorio tiene condiciones para ampliar su visibilidad internacional como experiencia de naturaleza y alta montaña. No solamente para quienes buscan ascender una cumbre, sino también para el viajero que desea comprender un paisaje mediante el contacto directo con él.

Aquí la experiencia comienza con los ojos, pero pronto involucra el cuerpo entero.

Se siente la disminución de la temperatura.

Se escucha el viento cruzando la puna.

Se percibe la sequedad del aire.

Se observa cómo una montaña cambia de rojo a gris y luego desaparece bajo la nieve.

Se aprende también a caminar más despacio.

Y quizás allí esté una de las mayores fortalezas de este destino: la montaña impone otro ritmo.

El viajero no domina el paisaje. Tiene que adaptarse a él.

Recorrer los Seismiles significa entrar en un espacio donde la naturaleza todavía determina los tiempos.

Desde Tinogasta hasta las cercanías del límite con Chile, la jornada dejó montañas minerales, refugios, animales junto al camino, nieve bajo los pies y volcanes que por momentos desaparecían detrás de las nubes.

La OMPT encuentra aquí un territorio con capacidad para dialogar con el viajero internacional desde algo cada vez más valioso: una experiencia auténtica, de escala monumental, donde el paisaje no se consume rápidamente.

Se contempla.

Se escucha.

Se respeta.

Y se recuerda.


Nino Espinosa Dorado

Autor de turismo sensorial en Explora y Conecta

Viajes, cultura y conexión interior

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