La OMPT en Robert A: una historia familiar que se saborea frente al paisaje de Chilecito
La mañana había llevado a la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT) por dos capítulos esenciales de la historia de Chilecito: la Tambería del Inca y la Estación N.º 1 del Cable Carril. Después de caminar, escuchar relatos y atravesar siglos de memoria, llegó el momento de hacer una pausa. El destino fue Robert A Resto Bar, en pleno centro de Chilecito, La Rioja.
Ubicado en Castro Barros 16, Robert A forma parte de la oferta gastronómica de la ciudad. Su localización permite integrarlo con facilidad a una jornada que combine patrimonio, recorridos urbanos y gastronomía, como ocurrió durante esta visita de la OMPT.
Pero sentarse a su mesa terminó revelando algo más que un almuerzo.
Una historia que comenzó entre carnavales y empanadas.
Robert A tiene raíces familiares que se remontan aproximadamente a 1987–1988. Según el relato compartido durante la visita, el proyecto comenzó casi como un juego, impulsado por los padres de la actual generación durante los carnavales y la tradicional chaya.
En aquellos primeros años había una estructura sencilla, semejante a un rancho o tinglado, desde donde empezaron a vender empanadas y otras preparaciones. Lo que nació como un hobby fue creciendo acompañado por una característica que la familia todavía reconoce como parte de su identidad: el gusto por recibir y atender a las personas.
Más de tres décadas después, esa historia continúa en una segunda generación.
La familia cuenta que incluso existe una comparación afectuosa con Robert, el fundador, por mantener esa misma pasión por el servicio. Y el propio nombre conserva parte de esa identidad: Robert A, donde la familia explica que la “A” remite a “Amate”.
Esa continuidad transforma al restaurante en algo diferente a una parada gastronómica improvisada. Hay memoria detrás de sus mesas.
El cuerpo también necesita detenerse
El almuerzo llegó en el momento preciso.
Después de recorrer la Tambería del Inca y acercarse a la historia minera desde la Estación N.º 1, el cuerpo pedía bajar el ritmo. Sentarse. Conversar. Comer. Permitir que las experiencias de la mañana comenzaran a acomodarse antes de iniciar nuevamente el recorrido durante la tarde.
La gastronomía regional hizo parte de ese intervalo.
Sabores calientes, conversaciones alrededor de la mesa y ese instante en que el itinerario deja de sentirse como una sucesión de lugares para convertirse en experiencia compartida.
Chilecito incorpora precisamente la gastronomía dentro de su propuesta turística, junto con su patrimonio, sus paisajes y su producción regional. Las empanadas riojanas, los vinos y otros sabores locales forman parte de esa identidad.
Y allí aparece uno de esos momentos wow que no necesariamente necesita estridencia: darse cuenta de que descansar también puede ser parte del viaje.
Una terraza donde Chilecito entra en la experiencia
Robert A guarda además un espacio que merece ser descubierto: su terraza.
La segunda generación de la familia la describe como un sector más tranquilo y privado, preparado especialmente durante la temporada y utilizado también para reuniones y cenas empresariales.
Desde allí aparece una de las referencias visuales de Chilecito: el Cristo del Portezuelo, integrado entre los cerros que rodean la ciudad. El Cristo forma parte del circuito turístico cultural chileciteño y su emplazamiento permite contemplar panorámicas de la ciudad y su entorno montañoso.
En la terraza la experiencia cambia.
El aire, los árboles, la montaña y la silueta del Cristo acompañan la conversación. Según relató la familia, durante el otoño ese entorno adquiere una expresión especial cuando cambia el color de la vegetación.
No hace falta apresurarse.
Se puede permanecer unos minutos más, mirar hacia el paisaje y permitir que la comida dialogue con el lugar donde se está.
Un espacio que también recibe a quienes viajan con mascotas.
Durante la visita, Robert A se identificaba además como un establecimiento Pet Friendly, un detalle importante para quienes recorren Chilecito acompañados por sus mascotas.
Es una característica que amplía la forma de habitar el espacio y refuerza esa sensación de restaurante familiar, abierto al encuentro y a distintas maneras de viajar.
Comer, mirar y continuar
La visita de la OMPT a Robert A ocurrió entre dos partes de una jornada intensa.
Por la mañana habían quedado la historia incaica, el Cable Carril y los relatos de Chilecito. Por la tarde todavía esperaba más recorrido.
En medio estuvo esta mesa.
Y quizás allí está la verdadera recomendación: incorporar el almuerzo como parte del viaje y no simplemente como una necesidad entre un atractivo y otro.
Robert A reúne una historia familiar de más de tres décadas, gastronomía, ubicación céntrica, una terraza vinculada al paisaje, vista hacia el Cristo del Portezuelo y una continuidad generacional que permite entender por qué aquel pequeño comienzo de empanadas durante los carnavales sigue teniendo hoy un lugar dentro de Chilecito.
Una pausa necesaria.
Un sabor que permanece.
Y luego, nuevamente, el camino.
Nino Espinosa Dorado
Autor de turismo sensorial en Explora y Conecta
Viajes, cultura y conexión interior




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