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OMPT vivió la noche del Cristo del Portezuelo y cerró la experiencia con los sabores de Beatriz en Chilecito

Foto del escritor: NINO ESPINOSA DORADO
NINO ESPINOSA DORADO
hace 7 días
4 min de lectura

La noche del 19 de septiembre de 2026, la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT) llegó al Cristo del Portezuelo, en Chilecito, provincia de La Rioja, Argentina, para vivir una experiencia en la que paisaje, simbolismo, encuentro y gastronomía terminaron formando parte de un mismo recorrido.

El Cristo del Portezuelo se encuentra en la zona céntrica de Chilecito y constituye uno de los puntos panorámicos de la ciudad. Su estructura fue realizada en hierro y hormigón, y para alcanzar su base es necesario recorrer una escalinata de 200 peldaños, vinculados al Bicentenario de la Patria. Desde lo alto, el lugar permite obtener una visión amplia del valle y del entorno montañoso que rodea a Chilecito.

La obra supera los 16 metros de altura, fue realizada por el escultor riojano Alejandro Nicolás Carrizo y fue inaugurada el 24 de abril de 2011. La autoría, la altura y la fecha de inauguración también quedaron registradas oficialmente en un reconocimiento del Concejo Deliberante de La Rioja dedicado a la trayectoria del escultor.


Pero una visita nocturna cambia por completo la percepción del lugar.

La experiencia de la OMPT comenzó con el recibimiento de José Luis Carrizo, coordinador turístico del Cristo del Portezuelo, acompañado por Sol, guía del predio, quienes presentaron al grupo la importancia que el sitio tiene actualmente dentro de la propuesta turística de Chilecito.

Durante el recorrido, la explicación permitió comprender que la escalinata no funciona únicamente como un acceso. El ascenso introduce una pausa, un ritmo diferente y una progresiva separación del movimiento cotidiano de la ciudad. Cada tramo acerca al visitante a la figura del Cristo mientras amplía la perspectiva sobre el paisaje.

Desde una mirada de turismo sensorial, subir de noche incorpora además otra dimensión.

La oscuridad reduce algunos estímulos del paisaje y potencia otros. Las luces de Chilecito comienzan a ocupar el protagonismo y, vistas desde la altura, parecen pequeñas señales que parpadean en el valle. El visitante deja de mirar únicamente hacia la escultura y empieza también a mirar hacia abajo, hacia la ciudad que continúa viva mientras el Cristo permanece elevado sobre ella.

Para la delegación de la OMPT fue también una noche de fotografías. La iluminación, la monumentalidad de la figura y el contraste con el cielo nocturno transformaron el lugar en un escenario para detenerse, conversar, observar y conservar imágenes del encuentro.

La explicación ofrecida durante la visita incorporó además el significado simbólico de los brazos extendidos del Cristo: un gesto asociado a la bienvenida y al abrazo hacia la comunidad y quienes llegan a conocer Chilecito. Esa interpretación adquiere otra fuerza cuando se permanece algunos minutos a sus pies y se observa la ciudad desde arriba.


No es solamente llegar al monumento.

Es subir, detenerse, recuperar el aliento, mirar nuevamente y descubrir cómo el paisaje cambia con cada nivel. El Cristo del Portezuelo e uno de los atractivos culturales de Chilecito y destaca precisamente su capacidad para ofrecer una panorámica desde la que la ciudad parece descansar entre las montañas.


Del mirador a la mesa

El descenso marcó la transición hacia la segunda parte de la experiencia.

Al regresar al inicio de la escalinata, la noche continuó en Beatriz Resto Bar, ubicado en El Maestro 525, Cristo del Portezuelo, Chilecito, establecimiento incluido en la oferta gastronómica oficial del municipio.

La cercanía permite que ambas experiencias se complementen de manera natural: primero el recorrido y la contemplación desde la altura; después, la mesa, la conversación y los sabores.

Allí la delegación de la OMPT fue recibida para la cena y tuvo la oportunidad de degustar diferentes preparaciones. Entre ellas estuvieron la bondiola de cerdo, la milanesa y los canelones de espinaca, además de otras propuestas servidas durante el encuentro.

La bondiola formó parte de una de las opciones ofrecidas esa noche. No se trató solamente de comer después de la visita. La cena prolongó una experiencia que había comenzado varios metros más arriba.

Después del esfuerzo de los escalones, del aire nocturno, de las fotografías y de permanecer contemplando las luces de Chilecito, llegar a una mesa compartida modificó nuevamente los estímulos: aparecieron los aromas, las texturas, la temperatura de los platos y, sobre todo, la conversación.

Ahí el turismo sensorial encuentra una de sus expresiones más claras: un destino también puede recordarse por la transición entre lo que se observa y lo que se saborea.

El Cristo del Portezuelo y Beatriz Resto Bar permiten construir precisamente ese recorrido. La visita puede comenzar elevando la mirada hacia una de las figuras más representativas de Chilecito, continuar ascendiendo hasta obtener una perspectiva diferente de la ciudad y terminar alrededor de una mesa, dejando que la gastronomía complete lo vivido.

Para quien llegue a Chilecito, reservar parte de la tarde o de la noche para conocer este sector ofrece una manera distinta de acercarse al destino. No hace falta apresurar el ascenso. Vale más permitir que cada tramo tenga su propio tiempo, llegar arriba cuando las luces empiezan a dominar el valle y permanecer unos minutos antes de regresar.

La experiencia turísticas no terminan cuando comienza el descenso.

En Chilecito, la noche puede continuar al pie del Cristo, alrededor de una mesa, mientras el paisaje que acaba de contemplarse empieza a convertirse en recuerdo.


Nino Espinosa Dorado

Autor de turismo sensorial en Explora y Conecta

Viajes, cultura y conexión interior

 
 
 

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