Bodega Michango abre una experiencia de vino, memoria familiar y producción orgánica en Catamarca
La visita a esta bodega de San Fernando del Valle de Catamarca permitió recorrer más de un siglo de tradición vitivinícola, conocer la elaboración de vinos y espumantes y descubrir cómo sostenibilidad, gastronomía y memoria familiar pueden convertirse en una experiencia de turismo sensorial.
En San Fernando del Valle de Catamarca, el vino también se puede escuchar, tocar, oler y comprender antes de llevar la copa a los labios. Bodega Michango, ubicada en avenida Presidente Castillo 4181, recibió a periodistas durante un recorrido que combinó historia familiar, producción orgánica, elaboración de espumantes, degustación y gastronomía regional. La experiencia estuvo guiada por Oscar Andreatta, titular de la bodega, quien explicó los procesos y abrió las puertas de una historia vitivinícola que se extiende por varias generaciones. La bodega figura oficialmente dentro de la oferta de bodegas turísticas de Catamarca.
La historia de Michango se remonta a la llegada de Augusto Cesare Andreatta a Argentina en 1896. Después de un paso por Tucumán, la familia se instaló en Catamarca y hacia 1920 desarrolló su actividad vitivinícola en Siján, en el Valle de Pomán. La propia bodega sitúa la construcción de su primera instalación en 1928 y señala que en 1968 la tercera generación levantó una nueva bodega en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, donde actualmente continúa la quinta generación.
Pero la historia aquí no permanece encerrada en fechas.
Al entrar, las barricas de madera, las botellas alineadas, los tonos profundos de los tintos y la luz que atraviesa los blancos preparan los sentidos antes de la degustación.

Una botella que necesita tiempo
Uno de los momentos más ilustrativos del recorrido llegó con la explicación del espumante elaborado mediante método tradicional o champenoise.
Las botellas permanecen horizontalmente durante la segunda fermentación. Allí las levaduras consumen los azúcares y producen el gas que terminará integrado en el vino. Posteriormente comienza una tarea paciente: las botellas pasan a pupitres y son giradas periódicamente para conducir los sedimentos hasta el cuello.
Durante la visita pudimos observar la máquina en la que esa parte de la botella se enfría hasta congelar los sedimentos. Entonces llega el degüelle: la presión permite expulsarlos y dejar el vino limpio antes del cierre y de la eventual incorporación del licor de expedición.
No fue únicamente una explicación técnica. El sonido de las botellas al manipularse, el vidrio frío, la escarcha en el cuello y la atención del grupo frente a un proceso que necesita meses transformaron una operación enológica en una experiencia comprensible para quien llega sin conocimientos especializados.
La propia bodega ofrece visitas y degustaciones y promociona entre sus experiencias el conocimiento del proceso de degüelle de sus espumantes. Su Andreatta Brut Nature, por ejemplo, está elaborado con Torrontés de Siján mediante método champenoise.
Orgánico como una forma de producir
La sostenibilidad apareció de manera transversal durante la conversación. Andreatta explicó que la familia comenzó con viticultura convencional y avanzó posteriormente hacia la certificación orgánica.

La condición está respaldada documentalmente: la Organización Internacional Agropecuaria (OIA) registra a Bodega Michango en San Fernando del Valle de Catamarca para vino y aguardiente de vino y también registra el establecimiento vitícola familiar de Siján dentro de su nómina de operadores.
Según relató el productor, la bodega trabaja además con uvas orgánicas provenientes de otros productores catamarqueños cuando las siete hectáreas de la finca familiar no alcanzan para cubrir las necesidades de elaboración.
La sostenibilidad también se manifestó en ejemplos menos visibles dentro de una botella: compostaje de subproductos de la vinificación, experiencias de control biológico mediante Trichoderma y aprovechamiento de borras orgánicas en iniciativas relacionadas con cueros y fibras textiles. Son líneas de trabajo relatadas durante la visita que muestran cómo el vino puede vincularse con otros saberes y actividades del territorio.
Catamarca servida en una copa.
La degustación terminó de darle sentido al recorrido.
Sobre una mesa larga fueron apareciendo las copas de Michango, vinos blancos y tintos, conversaciones sobre aromas y pequeños bocados. Las empanadas, recién horneadas y de masa dorada, aportaron otra textura al encuentro. El perfume del vino se mezclaba con el de la comida mientras las barricas permanecían al fondo como recordatorio de que aquello que se estaba probando tenía una historia anterior a la copa.
Entre las etiquetas de la casa se encuentran Torrontés, Malbec, Bonarda, blends y vinos dulces. El Torrontés de Andreatta procede de Siján, en el Valle de Pomán, a unos 1.000 metros de altitud según la ficha técnica de la bodega; la casa también elabora un dulce natural compuesto por partes iguales de Torrontés y Moscatel.
El turismo del vino encuentra precisamente allí su mayor fortaleza: permite beber el paisaje después de haber comprendido quién lo trabaja.
En Bodega Michango la experiencia no termina en identificar una cepa. Está en escuchar una historia familiar, observar las manos que giran una botella, sentir el frío del degüelle, reconocer la madera de las barricas, probar una empanada junto al vino y descubrir que detrás de una etiqueta existen productores, memoria, agricultura y decisiones sobre cómo relacionarse con el territorio.
Para Catamarca, esa combinación abre una oportunidad de fortalecer un turismo enológico que complemente sus montañas, su patrimonio y su gastronomía. Y para el viajero deja algo más sencillo y duradero: la posibilidad de recordar un territorio por aquello que vio, pero también por cómo olía, cómo sabía y cómo se sintió estar allí.
Nino Espinosa Dorado
Autor de turismo sensorial en Explora y Conecta
Viajes, cultura y conexión interior



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